La pradera que era mi hogar
se vestía felizmente de sangre,
sangre de sus hijos, de los que vio nacer y crecer en ella,
consintió plenamente en su asesinato brutal, y al valle
lo adornaba un tenebroso mantel blanco nacarado, nieve, nieve
con ríos de muerte, nieve con
ríos de sangre.